Friday, June 06, 2008

madurez


El día en que me di cuenta de que envejecía fue cuando empecé a ver una manchita negra. Tenía diecisiete años y estaba en la cama boca arriba sin hacer nada. La manchita flotaba entre mi pupila y el cielo raso y seguía como retardada los movimientos de mi mirada. El medico dijo que eso iba a quedar así, que no había nada que hacer mas que resignarse. No era grave, solo debía ignorarla. Y lo hice, me acostumbré a vivir con ella porque en el fondo, me dije, al ser una cuestión mental, lo único que debía hacer era no pensar y listo. Pero con el tiempo la cosa fue poniendose complicada, aparecieron más manchitas, aumentaban y en los movimientos del globo ocular se juntaban formando hilitos o pelotitas, ya no era solo cosa de no pensar sino de pensar en otra cosa. Tenía siempre que tener la cabeza ocupada, no detenerme en la mirada de la cosa precisa porque allí donde me detenía en la obserrvación, zaz, las manchitas que no me dejaban ver la cosa. A eso también me acostumbré y a mucho más como por ejemplo a evitar los lugares claros, sin matices, nunca mirar al cielo, ni quedarme solo frente a una pared blanca. Hasta que llegué a la siguiente fase, ya no olvidar la mancha, ni tampoco fijar la mente más allá de ellas sinó que ahora debía mirar entre ellas cuando me lo permitían. Como dijo el medico, nada grave, solamente sin solución.
Extraido de la primera parte de la autobiografía del doctor.

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