Friday, June 20, 2008

I


Derqui está comprando un vino en una coqueta vinería de palermo, a su lado un joven ejecutivo no logra ejecutar su compra, no se decide y pide perdón a la señora que lo asesora, que es la dueña, una distinguida dama, quien responde con aires de tolerante madama: “quédese tranquilo, elija con calma; si no hubiera gustos no habría sabores”. Una respuesta obviamente estudiada, una fórmula usada quizá hasta el hartazgo por la eficaz comerciante. Pero también una forma de ver las cosas, una teoría del conocimiento, cercana o deudora, digamos, se dice Derqui mientras simula estudiar la etiqueta de una botella, del subjetivismo cartesiano; toda una teoría política también, ¿porqué no? obviamente la del liberalismo al que la sugestiva señora adherirá sin lugar a dudas. Derqui, materialista ortodoxo, elige rápido la cosa en sí, paga y sale del negocio.

II


De camino a su casa sobre la rutilante van azul, escucha un programa de folclore, el doctor es adepto al jazz y a la bosa, no tanto al tango y menos aun al folclore, pero esta voz aguda de mujer interpreta con gran gusto primero una zamba, luego un chamamé, después un estilo. El doctor dentro de su hermética van se emociona y estudia esa emoción ¿es la misma que la que podría haberle dado un tango? ¿la misma que un cuarteto de cuerdas de Schubert?, ¿Es igual la emoción del que escucha una cumbia que la del que escucha una área de Aida, un bolero de Manzanero cantado por Río Lobos que una pieza de Biork? "La emoción es única" se dice y ahí vuelve a su cabeza la dama distinguida, la aun bella somelier, la independiente, cartesiana y liberal dueña de la wineri, y piensa en el alma (o eso que tiene que ver con traspaso de fluidos de glándulas que termina siendo una turbación psiquica). Piensa en el alma como una especie de lengua milagrosa cuyas papilas gustativas (teclas del espíritu) tienen la capacidad de captar una a una la gama infinita de sabores.

III


Derqui es atrapado por un embotellamiento. A un lado el ancho rio bajo el cielo encapotado, al otro la pista brillante del aeropuerto, delante un cíclope con forma de camión. El doctor se pregunta: "¿Un hombre abandonado en una tarde de lluvia caribeña manzanera es lo mismo que la encrucijada verdiana de Aida, o el tango “fuimos” mansinesco?. ¿Es la misma nota? ¿es otra ? Si es la misma (por ejemplo: el agrio se encuentra en tal lugar de la lengua) podrían conformarse áreas del alma a las que corresponderían cada uno de los que se llaman géneros : la melancolía, la euforia, la violencia, lo tierno, etc etc. Gustos simples y gustos complejos. Un músico como un somelier, un manipulador de sensaciones. Una simple cuestión de complementación y contraste. El transito por fin avanza y el doc se pone en movimiento.

IV


A la altura de la cancaha de River el doctor sigue el hilo de sus divagaciones: “El japonés que escucha tango ve el arrabal amargo, la baguala trae la soledad mística del Altiplano, el spiritual negro el dolor del salvaje esclavizado en los campos de Estados Unidos. Géneros, vidas, gustos ¿o sencillamente algunos pocos, escasos, siempre los mismos sabores : lo agrio, lo dulce, lo ácido, etc, etc,?” ´sino como se entiende la identificación del nipón de ojos rasgados con cachafás criollo, o la del crudo alemán con el paciente coya o la de cualquiera con la epopeya negra en el sur del gran pais del norte.
Algún eclecticos bonachones desprejuiciados dirá que la música es solo una sola. Que nada más se divide en buena y mala. Hay, por lo tanto, que gustar de todo. ¿Pero acaso gustar de todo no es gustar de nada? Algo se pierde en el traspaso de uno a otro género. Uno, concluye al fin Derqui, uno debe ser un ingenuo, un fanático, de un género, un sabor, el tango por ejemplo, el vino con soda, o la comida mediterránea, o la milanesa con papas fritas, o la cumbia ciudadana. El gourmet, el exquisito somelier, el ecléctico músico sin preconceptos, se pierde en la nada, todos los gustos valen lo mismo. Al gusto, cuando pierde su valor ético (cerrado, errado, limitado) le da lo mismo los sesos de un cadáver humano que el pis de una cabra de altura, que el punk, que Bach o Alcides.

V



El doctor ha llegado a su casa y una vez más, mientras espera que la puerta automática de su garaje se levante debe abrirse paso por la zona del miedo, la certidumbre del mal.

Friday, June 06, 2008

madurez


El día en que me di cuenta de que envejecía fue cuando empecé a ver una manchita negra. Tenía diecisiete años y estaba en la cama boca arriba sin hacer nada. La manchita flotaba entre mi pupila y el cielo raso y seguía como retardada los movimientos de mi mirada. El medico dijo que eso iba a quedar así, que no había nada que hacer mas que resignarse. No era grave, solo debía ignorarla. Y lo hice, me acostumbré a vivir con ella porque en el fondo, me dije, al ser una cuestión mental, lo único que debía hacer era no pensar y listo. Pero con el tiempo la cosa fue poniendose complicada, aparecieron más manchitas, aumentaban y en los movimientos del globo ocular se juntaban formando hilitos o pelotitas, ya no era solo cosa de no pensar sino de pensar en otra cosa. Tenía siempre que tener la cabeza ocupada, no detenerme en la mirada de la cosa precisa porque allí donde me detenía en la obserrvación, zaz, las manchitas que no me dejaban ver la cosa. A eso también me acostumbré y a mucho más como por ejemplo a evitar los lugares claros, sin matices, nunca mirar al cielo, ni quedarme solo frente a una pared blanca. Hasta que llegué a la siguiente fase, ya no olvidar la mancha, ni tampoco fijar la mente más allá de ellas sinó que ahora debía mirar entre ellas cuando me lo permitían. Como dijo el medico, nada grave, solamente sin solución.
Extraido de la primera parte de la autobiografía del doctor.