el artista del hambre

En su consultorio Derqui charla con una mujer felizmente embarazada. El embarazo, producto de un nuevo, eficaz, y aun más remunerativo tratamiento le ha permitido al doctor hacerse una imagen del aportante de los espermatozoides de comportamiento aleatorio que han debido ser disciplinados, un joven escritor, esposo de la chica. La imagen : una especie de tenista de segunda que se anota en torneos menores. Es admirable lo suyo porque de eso vive. Un que otro premio cada tanto le dan para ganarse el pan mientras prepara una nueva acción, otra obra, para competir en el próximo torneo. De eso vive, de eso y de alguna beca menor, olvidada por todos, de eso y de publicar en medios especializados de cuando en cuando una notita para figurar (todo sirve) de eso y de negociar amarretes anticipos con minúsculas editoriales, de eso y de concretar viajes (de los que vuelve con grandes atracones estomacales) como participante de substanciales congresos ya sea en Cañada de Gómez o en Chascomús. Hoy la mujer le traslada una notable duda a Derqui: la del nombre de su hijo. Tiene un gran problema porque el que le gusta a la pareja es el mismo del renombrado escritor que la editorial del último trabajo de su marido está gestionando para que la prologue y él, el narrador de espermatozoides indisciplinados, no quiere que eso sea tomado por éste (el recontranombrado escritor) ni por el núcleo literario de influencia como una simple y llana chupada de medias. –“En su profesión eso sería mal visto” dice la mujer. El doctor entiende y antes de despedirla junto a la puerta se ve en la necesidad de precisar que la otra opción que han elegido es un buen nombre, un lindo nombre también. Mientras la próxima paciente se desviste en la salita aledaña, hamacándose en el cómodo sillón de su escritorio el doctor mira el cuadro de Miró en la pared y piensa que un escritor profesional sería una especie de contradicción semejante a la profesión de defecador, la del especialista en sacar los soretes mas grande, más oloroso, mientras los demás estreñidos, llenos de mierda pagan por mirar. Llegado a ese punto el doctor debe dejar sus especulaciones estéticas porque la nueva paciente ya lo reclama con las piernas abiertas

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