Thursday, May 17, 2007


"No supe qué me decía -le decía el Dr. Hector Olaguer, amigo y socio del Dr Derqui, por la avenida Santa Fe, sobre un taxi, entre parto y parto- solo pude ver la boca con esos labios flameando; labios grandes, indominables, fláccidos. Miré el saco. Un saco de corderoi grueso y gastado que en la solapa llevaba prendido un distintivo, como esos con foto que se ponen los que participan de un congreso. Debajo de la foto una cruz roja junto a una frase que posiblemente diría Cruz Roja o algo parecido, no sé. Me seguía hablando pero no le entendía. los labios torpes se chocaban uno contra el otro y la lengua seca y dura casi no se movía. Sabía que no le entendía, pero era lo de menos, igual continuaba con el recitado. ¿Porqué lo dejé hablar ?. Me sorprendió, me agarró distraído, no se, porque ese tipo de gente no puede sorprender a nadie, uno lo ve y viene el mangazo. Ni siquiera sé para quien me mangueó. Habló de algunos a los que no se que les pasaba y a los que ellos (¿Quiénes?) ayudaban. Tal vez lo extraño fuera que me mangueara para alguien, no para él, y por eso lo dejé hablar. Porque la táctica en eso de rechazarlos es no enredarse, no dejar hablar, ganarles de mano y antes que le digan a uno nada decir no tengo o no quiero, y listo. Ahí se acaba todo. Pero si uno los deja hablar o acercarse lo enganchan y ya no sale, algo le tiene que dar. Suerte que metí la mano en el bolsillo en el que había puesto las monedas que me habían sobrado del parquímetro porque si no capaz que le daba todo lo que tenía. Veinte centavos. Me salió tan bien que hasta me hice el estrecho y cuando saqué las tres monedas, la de un peso y las dos de diez centavos, le dije que me quedaba con el peso para viajar y le di las moneditas.
Creo que lo dejé hablar por los dientes, esas dos únicas manchas casi blancas que flotaban en su boca. Como si supiera su secreto seductor se agachaba y me los mostraba enteritos, solitarios, incrustaditos en su maxilar superior. Allí estaban uno a cada lado de la boca, solos y separados. "Ellos tienen que comer, nosotros debemos ayudarlos". Me parecía que el recitado no iba a terminar nunca y que si lo dejaba seguir hablando podría continuar indefinidamente, sin, como se dice, solución de continuidad. Qué vivo, total yo no lo escuchaba. Tal vez repitiera la misma palabra. No; dijo “nosotros” y “ellos”, dijo “debemos”, dijo “comer” “¿o volver?”. Tal vez solo la misma palabra y para que lo escuche: “nosotros”, “ellos”, “debemos”, “comer” o “volver” y nada mas. Qué bárbaro, el verso que se fabrican; algo inverosímil, mirá que esa piltrafa iba a manguear para otro. Abajo del saco tenía un pulóver grueso, de esos de llama o vicuña, o qué se yo; quizá marrón, quizá sucio y un pantalón celeste bien claro con dos agujeritos detrás de las rodillas.
Eso que me tomé todo el tiempo del mundo. Agarré la Fanta, la serví en el vaso que se llenó de un color naranja que solo de verlo ya me refrescó y me sacó el calor que venía teniendo. Lo alcé hasta la boca y lo bebí lentamente, lo, como dicen, degusté. Le miré los cabellos negros desteñidos, apretados y endurecidos unos contra otros. Y otra vez los dientes, el saco y el escudo roto de ¿la Cruz Roja?. Y así y todo siguió a mi lado con sus ojitos claros, de un celeste casi blanco, registrando toda la maniobra y con esa boca, emancipada de su voluntad, moviéndosele irremediablemente. Quería más, el guacho quería más. No había duda. Entonces, ahí, en ese preciso momento, cuando puse el vaso sobre la mesa, supe que la situación era devuelta mía, había pagado por ello, y entonces dije, por decir algo, rajá de acá pibe, no me rompas más las bolas." Y, a qué no sabés, palábra mágica, desapareció.
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